23.4.12

Doce

I


Hacía apenas unos segundos que había entrado en el piso y escuché, por los pelos, el final de una conversación.
Apoyada en la pared que separaba el vestíbulo de la sala de estar prestaba atención a todo lo que dijesen. De fondo sonaba desde un ordenador la versión instrumental de Ghost Love Score y eso complicaba mis intenciones, pero algo conseguí ir captando.
Con él estaba hablando una chica que por lo que pude observar asomándome un poco por el resquicio de la entrecerrada puerta daba bastante miedo. Ni llevaba ropa deshilachada ni se puede decir que fuera bien arreglada. Simplemente iba a su manera. Tenía el cabello negro y por lo que pude observar los escasos segundos que la vi de perfil una mirada de echar a correr.
Apenas susurraba mientras la otra persona, el chico al que había ido a visitar, respondía con ese tono tan propio de él y que saltaba continuamente entre lo arrogante, lo burlón y lo sincero.

Dejé de mirarles y me quedé ahí quieta esperando a que terminaran. Parecía ser algo serio, o la chica estaba muy cabreada por las últimas palabras que capté.

–Morirán, todos morirán, ¿Me entiendes? Los destruiré a todos. No quedará ni uno, desaparecerán.

–Pues buena suerte –escuché como le decía él. Pocos instantes después la chica pasaba por mi lado sin mirarme, abría la puerta y la cerraba tras salir del piso. Me acerqué a la puerta de la sala de estar y decidí que, aunque quedase raro, era mejor presentarse en ese momento. Otra posibilidad habría sido marcharse sigilosamente y volver a entrar, pero quedaría ridículo. Además, tenía cierta sospecha de que tanto él como la chica sabían que me encontraba dentro aunque la puerta de entrada fuese de lo más silenciosa del mundo.

Pasé por la puerta y me encontré con el dueño del piso ordenando unos CD's en una estantería.
Di dos pequeños golpes en el marco de la pared.

–Buenas, ¿Qué tal el día? –dijo sin mirarme, lo sabía. Sabía que se habían dado cuenta.

–Bastante bien, ¿Y el tuyo? Esa chica... ¿De qué hablaba? Si no es mucha indiscreción –me senté en un sofá cercano. Era un alivio después de cuatro horas andando por las calles de la ciudad.

–Elesia, tiene ciertos problemas, nada del otro mundo –se dio la vuelta y se sentó en otro sofá, suspiró.

–¿Elesia?

–Su nombre. Bueno, el nombre por el que la conozco, ya sabes. Ah, y sí, es mucha indiscreción.

–Claro...

–A decir verdad el nombre es algo diferente, pero es la manera sencilla de pronunciarlo. La segunda “e” debería sonar como una mezcla entre una “e” y una “i”. No me preguntes como pronunciarlo sin querer maldecir nuestra genética. Y bien –se frotó las manos–. ¿Quieres algo de beber? Tengo casi de todo –y vaya si era verdad lo que acaba de decir. Ese era el segundo piso suyo que visitaba y en el otro tenía una buena y abastecida colección de todo tipo de bebidas, incluyendo tanto las más comunes como las más difíciles de encontrar por la zona.

–Sí, por favor. Un... Una coca-cola.

Se levantó, estiró los brazos y se marchó hacia la cocina, donde fuera que estuviese.
Hacía un mes me había dado la llave de aquel piso y no había sido hasta ahora que decidía visitarlo. Al parecer es algo que hacía con la gente con la que tenía la suficiente confianza. Les deja utilizar pisos que tiene si están en problemas o necesitan atender a algún lugar, cosas así.
También sabía que lo hacía por otros motivos más importantes, pero nunca intenté indagar en su vida, mucho menos en esos temas.

Volvió con mi coca-cola, una botella de cristal bastante curiosa y con un vaso. Dentro de la botella vi una especie de líquido amarillo, ¿Sería vainilla? ¿Por qué iría en una botella de cristal tan rica en detalles? No todos los días te encuentras con una botella de cristal tallada para que los bordes tengan forma de hojas y grabados raros.

Me entregó la lata de coca-cola y supuse que notó mi interés por la botella.

–Te preguntarás, ¿Qué hago teniendo vainilla en una botella como esta? –asentí con la cabeza casi involuntariamente–. La respuesta es sencilla. La vainilla es la especia más cara después del azafrán y ha sido un lujo durante varios siglos. Además tiene un maravilloso aroma, un incomparable sabor y un curioso color. ¿Qué hay en este mundo más valioso para poner en esta particular botella de encargo que un poco de vainilla? –sin saber muy bien si era una pregunta abierta, intenté hacer la gracia.

–¿Un cheque con un millón de euros? –forcé la sonrisa.

–Podría ser, pero en estos años no me fiaría mucho del euro –llenó el vaso y se asomó a una ventana que tenía la cortina puesta. La apartó y miró. Luego volvió y se sentó de nuevo en sofá–. ¿Y a qué te dedicas últimamente?

–Sigo con la carrera y trabajo en la panadería. ¿Y tú? –tal vez tuviese suerte.

–Nada en particular. Se podría decir que estoy desempleado –no la tuve. Nunca hablaba de su profesión.

–¿Puedo hacerte una pregunta algo personal?

–¿Es un interrogatorio sobre mi vida privada, mis dedicaciones y el núcleo de lo que se considera mi ser, alma o personalidad? –sonrió.

–No, no es nada –no parecía muy alegre, preferí no adentrarme en esos temas. Sin contar que sabía que cuando él sonreía significaba que entraba en alguna trampa suya. Peligro por así decirlo, una situación donde podía hacer un revés con cualquier tema que me incumbiese.

–¿Y la familia, bien?

–Como siempre –titubeé un momento–. ¿A cuanta gente has ayudado desde lo mío?

–¿Económicamente? ¿Físicamente? ¿Moralmente?

–Cualquiera.

–A un chico, principalmente por dinero. Aunque dice divertirse al hablar conmigo. A veces le llamo y nos vamos a pasear de noche por aquí. Es una bonita experiencia, aunque no te lo recomiendo para una cita. Se podría decir que no es el mejor ambiente para bajar la guardia mientras ríes y le susurras cosas bonitas a otra persona –arqueó ligeramente las cejas en lo que me pareció una cara de circunstancia y se levantó.
–Hoy estás bastante animado, ¿Verdad? No paras de moverte a un lado y a otro –le dije moviendo una mano de izquierda a derecha–. Normalmente eres más tranquilo.

–Estoy algo nervioso, hay una alta probabilidad de que cierta gente desagradable se presente dentro de poco, o ahora mismo, aquí -miró hacia la puerta. Pasaron unos cinco segundos de profundo silencio.

–¿Qué gente? –dije. Si tuviese un espejo me hubiera visto claramente alarmada. Y lo estaba, sin duda. ¿Él nervioso? ¿Él, en serio?

–No te preocupes –imitó mi gesto anterior con una mano–. Quédate ahí sentada, ahora vengo.

Se fue por un pasillo y al minuto volvió. Escuché como tecleaba en un ordenador y la música cambiaba. Sonaba algo tétrico, amenazador. Música de... ¿Batalla? Un ritmo constante al que se iban sumando instrumentos. Una orquesta. ¿Por qué ponía ese tipo de música ahora? ¿Me estaba gastando una broma?

–Ven –se limitó a decir. Me levanté y crucé el pasillo. Enseguida encontré la habitación en la que se encontraba. Estaba sentado en una cama sin personalidad. Por la ventana, sin cortinas y con la persiana a medias, se veía la oscuridad de la noche. Serían por allá a las siete de la tarde, medianos de diciembre–. Ahora, si eres tan amable, entra en el armario, está vacío –ya no sonreía. Me quedé atónita, iba en serio–. Y a ser posible, no salgas hasta que de golpes en la puerta y te diga que soy yo.

–Pero... ¿Por qué vienen unos tipos desagradables a visitarte? –sonaba más a exclamación que a pregunta.

–Les invité a pasar y... Bueno, las cosas no han salido como me esperaba –se encogió de hombros–. Entra, por favor –señaló al armario que tenía a su derecha, frente a mí.

Entré sin dudarlo ni un segundo, nunca se equivocaba. O al menos, que yo recordara, nunca se había equivocado conmigo. Confié en él.

---------

Un día un tanto especial en Cataluña (y otros lugares de España y el mundo por diferentes motivos) y el Día Internacional del Libro ^^,
De paso he corregido y editado el escrito "A place in heaven for the ones in despair" que data del 22 de agosto de 2011. Lo escribí fuera de casa (ahora no sé donde) y dije que lo corregiría, ahí tenéis.

9.3.12

El lenguaje del amor ata corazones



Elisabet, apodada de por vida Eli, volvía a su hogar tras terminar el periodo escolar del día.
Portaba algunos folios en una mano, manuscritos propios que había llevado al instituto para que el profesor que le impartía la asignatura de literatura castellana se los leyese, los corrigiese y diese su opinión. Se sentía realmente decepcionada. Aceptaba todos los comentarios que el profesor se había dignado a hacer, pero no entendía el hecho de que nadie a parte de ella consiguiese entender la esencia de lo que escribía. Sabía que tenía que escribirlo de manera que el lector lo entendiese, para acercarlo más a su fantasía, para que la entendiese. Pero era imposible. Daba igual lo mucho que lo intentase, daba igual lo que cambiase. No era un problema semántico, ya que entenderse lo que expresaba se entendía. Era solamente que la magia desaparecía a ojos de cualquiera que lo leyese.

Para cuando dejó de darle vueltas al asunto e inspeccionó sus alrededores se sobresaltó al darse cuenta de que no reconocía el lugar por el que transitaba.

**

Seguía andando por las calles que habían constituido su vida. Sola, resignada, con un abrigo y botas de color negro y una bufanda gris continuaba su camino. No recordaba el tiempo que llevaba andando, no quería recordarlo. Se sentía vacía por dentro, y nada parecía poder cambiarla.
A su alrededor una densa niebla configuraba el escenario, envolviéndolo todo. No se veía gente por la calle, y lo que caminaban por esas calles eran siluetas diluidas de lo que en otrora hubiesen sido seres humanos.
La manera de vivir que había seguido hasta aquel momento le había fallado, se le había roto el camino y no sabía por donde continuar ni a qué barandilla poder apoyarse.
Con la capucha puesta y sus rojos ojos fijados en el invisible horizonte marchaba deambulando por una calle u otra, con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante.

**

–Dime chico listo, ¿por dónde continuar? –inquirió con cierto tono de victoria una voz femenina.

–A la derecha, por esta zona es mejor ir hacia la derecha –fue la contestación de la voz de un joven que vestía un abrigo de piel, negro, que le llegaba a los pies.
La mujer, en cambio, no llevaba ningún abrigo. Su cabello castaño ondeaba al aire mientras obedecía la orden del chico y giraba a la derecha.

–¿Por qué demonios hay niebla? Estamos casi a medianos de marzo, esto es irreal –se paró y se giró hacia él –. ¿Por qué no damos la vuelta? A este paso nos perderemos.

–Nos perdimos el momento en el que nos encontramos con la niebla, créeme. Vamos, deprisa. Este lugar no es seguro. A este paso llegaremos al jardín –la adelantó y aligeró el paso.

–¡Espera! –fue tras él.

**

Eli, apodo del que se sentía orgullosa, se había perdido. Y lo que era peor, independientemente del lugar en el que se encontrase, una densa niebla cubría todo el lugar y le impedía ver a más de unos pocos metros del lugar en el que se encontraba.
Lo primero que intentó hacer fue dar media vuelta y volver a alguna calle conocida, pero enseguida se dio cuenta de que estaba más perdida de lo que en un principio creía. Ni siquiera la arquitectura de los edificios se parecía al lugar en el que estaba completamente segura que se encontraba.
Al cabo de un par de minutos llegó a un cruce con semáforo. Advirtió que no funcionaba y cruzó tras mirar por si venía algún coche. No se escuchaba nada ni se veía a nadie, el lugar estaba desierto. Al otro lado de la calle vio una larga verja que continuaba a lado y lado hasta donde su limitada vista alcanzaba.
Pareció escuchar algo en la lejanía, pasos. Se desplazó en dirección al eco y visualizó a duras penas como alguien cruzaba una calle y giraba. Elisabet empezó súbitamente a temblar.
La vio solo por un segundo tras desaparecer por otra calle, pero había sido suficiente.
Iba de un abismal color negro y a la persona la seguían otras, de más endeble figura. Algunas incluso distorsionadas, creyó en un momento cabal que debido al efecto de la niebla. Además, y lo que era peor, había visto un punto rojo donde tenía que haber el rostro. La niebla no la había permitido discernir más.
Eli se apoyó en la pared mientras imágenes de sus propios horrores le asaltaban. La locura, la tragedia volvían a ella. Miró hacia el frente y notó que otras siluetas se le acercaban. Ahogó un grito y lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. Alzó la vista al cielo y a través de la sempiterna niebla entrevió la figura de la alta torre que ella describía en los escritos que todavía llevaba en la mano.

**

–¡Rápido, rápido! –espetó él. Ya no andaban, corrían.

–¡¿Pero qué te pasa!? ¡Detente un momento! ¡Explícame que pasa!

Él se detuvo en una esquina. Delante tenía la verja del parque del Retiro situado en Madrid. Maldijo por lo bajo, aquello era imposible. Estaban paseando por las sinuosas calles de Ciutat Vella, no podía encontrarse en el Retiro.
La chica llegó a su altura, exhausta. Él miró alrededor y unos ojos rojos que parecieron sonreír se desvanecieron en la nada de aquella niebla.

–Vamos, por aquí.

–Pero... ¿Has visto eso? –El chico se giró hacia donde ella miraba. Una alta, altísima, torre de tintes grisáceos que se alzaba en alguna parte del interior del parque, o tal vez más allá, y de la que sobresalían rectas picas en toda su superficie.

Al cabo de unos pocos segundos empezaron a escucharse voces. Voces aburridas, lentas, muertas. A dichas voces acompañaban formas oscuras que sin ningún tipo de rasgo que las definiese avanzaban en diversas direcciones.
Un grupo iba hacia ellos dos, mientras que un mayor número de ellas se ceñía con otra figura que estaba de rodillas en el suelo, tirada contra una pared. Lloraba y sus ojos emitían un cierto resplandor negro que evadía los efectos de la niebla.
También habían más, muchos más, que seguían a un ser encapuchado que tropezaba una y otra vez contra el asfalto de aquellas calles sin automóviles.

–¿Qué... Q-qué.... –intentaba decir la chica, él sonrió.

–Al menos no estamos donde yo me creía. Todo va mejor de lo previsto, vamos –la cogió de la mano y escapándose por un lado del arcén de la masa de sujetos se dirigió hacia el ser encapuchado.
La otra figura, la arrodillada, chilló. Chilló de agonía, de dolor. De lo que le arrebataban, de lo que le recordaban. Desfalleció.

El grito, que fue acompañado de una especie de ráfaga de aire que despejó el lugar, tuvo tanto efecto con la falta de lo que fuese en ese lugar que todos los presentes se taparon las orejas ante el dolor. Los individuos sin voluntad ni corazón se deshicieron en el aire, sufriendo como la chica, y lo que quedó en el lugar fueron la pareja y la encapuchada, la cual ahora gritaba tapándose las orejas con ambas manos. Tropezó y se quedó tirada en el suelo, sin levantarse.

**

Elisabet abrió los ojos. Se encontraba en la parada habitual de autobús que cada día cogía para llegar a su casa. No sabía cómo había llegado allí ni recordaba nada desde sus pensamientos sobre la novela que había llevado a clase para que un profesor le diese su opinión.
Aturdida, tenía alguien al lado. Una chica rondando su misma edad. Le captó la atención el hecho de que estuviese escuchando música a través de un mp3 algo anticuado y unos cascos azules.
Su cabello, liso y de color ónice, estaba empapado. Vio que toda ella estaba empapada, no tenía paraguas. En ese momento pensó en que ella tampoco había llevado paraguas, pero no tenía ni rastro de que se hubiese mojado en su camino allí. Tal vez llegara antes de que empezase a llover, quién sabe.
Una vez el autobús llegó Eli se subió a él sacudiendo levemente la cabeza a lado y lado. Era extraño, por un momento le había parecido que a aquella chica, la que estaba sentada a su lado, le brillaban los ojos de azul. Además por lo que pudo ver al ojear un momento su móvil tenía un novio
llamado Alex al que supuso que quería mucho, pues tenía su nombre en grande a modo de salvapantallas.

**

Inspiró profundamente y se atrevió a abrir los ojos. Se encontraba tumbada boca arriba en un banco. Miró alrededor, estaba en el parque del Retiro. Le dolía mucho la cabeza. Prefirió quedarse tumbada un rato, la capucha hacía una buena almohada.
Por un momento le pareció ver desaparecer lo que su cerebro le dijo que era una inconmensurable torre con muchos picos, o lanzas, salientes. Se frotó los ojos y al mirar de nuevo ya no había nada. Suspiró. Aquella misma tarde cogería de nuevo el AVE que la había traído a la capital y volvería a la ciudad condal.
Algo tenía claro, discutiría con cierta persona sobre los temas que le habían surgido en sus caminatas por Madrid.

**

–¿D-dónde estamos? –preguntó la chica claramente afectada por lo que acababa de vivir.

–Cerca de la Rambla, ¿ocurre algo? –ella se incorporó, estaba tumbada en un banco de piedra.

–Pero... ¿Qué eran esas cosas? ¿Y ese grito? ¿Y ese lugar? –empezaba a temblar.

–No tengo ni idea de lo que estás diciendo –la miró de reojo, luego ojeó el móvil–. Llevas un cuarto de hora durmiendo. Que te pida pasear conmigo por la ciudad no significa que tengas que vivir su esencia más que yo. Además, dudo que lo consigas durmiendo.

–Pero... ¿Cuándo...

–Da igual, vamos. A este paso llegaremos tarde. Tengo que encontrarme con un chico a las cinco.

Empezaron a andar. Ella, aturdida, intentaba ordenar los sucesos que recordaba. Él la miraba de vez en cuando, siempre de reojo y con cierto interés.

–¿A qué le das vueltas? –le preguntó él.

–He tenido un sueño horrible. Una pesadilla. Salías tú. Habían cosas negras, y mucha niebla.

–¿Moríamos todos?

–No... Pero mencionabas un jardín. Querías que huyésemos del lugar, aparentemente por la niebla, y mencionaste que si nos quedábamos allí llegaríamos a un jardín.

–¿Con florecitas y arcoiris?

–No sonabas muy feliz de poder encontrarte en ese jardín –él se giró, hizo un rápido gesto en el aire con una mano para dar a entender que no tenía importancia, y con voz cómica y supuestamente siniestra, dijo:

Tal vez fuese un lugar lleno de seres inimaginablemente caóticos... –y ya con voz normal –. O tal vez algún tipo de mariposa al que fuese alérgico.

–¿Eres alérgico a las mariposas?

–No, pero tal vez en tu sueño sí –le guiñó un ojo, ella sonrió.

 ----------------------

PD: Guau, he disfrutado mucho escribiendo esto. Diría que es el empujón que necesitaba para ponerme en marcha. Sin duda alguna lo revisaré, una y otra vez, y lo mejoraré.
Editado el 3-4-12.